Por algún motivo, que en 24 años aún no logré vislumbrar, pertenezco a esa minoría de argentinos que no es fanática del fútbol. Como deporte lo respeto, de hecho disfruto ocasionalmente de mirar un partido, y mucho más ocasionalmente de jugarlo. Y como todos, tengo mi equipo favorito. Un equipo que heredé, nunca elegí, y llegado el momento de tomar partido, no decidí cambiar. Aquí termina el paratexto necesario para comprender la observación que sigue.
Tenía que ir de un lugar a otro. Para realizar dicho desplazamiento elegí utilizar el colectivo. Sin saberlo era la misma linea que eligieron los fanáticos de uno de los clubes más grandes de Argentina para ir a ver a su equipo. Muchos de los que esperaban el colectivo decidieron esperar el próximo, quizás ese esté menos plagado de hinchas. Yo no, sentí curiosidad y me subí. Así comenzó una travesía que duró 40 minutos, cuando me bajé en mi destino y los simpatizantes continuaron hacia su templo. En el medio fuí testigo de una euforia que jamás había presenciado. Fueron dos tercios de hora a puro canto y percusión, acompañado de botellas de cerveza, vino y cigarrillos en lugares prohibidos. Y eso fue lo que capturó toda mi atención, esas canciones cantadas a puro pulmón, compuestas por melodías populares y letras originales de algún hincha anónimo. A través de ellas, casi en un ritual chamánico, la hinchada disuelve sus individualidades para convertirse en un ser inmenso. Se pierden inhibiciones, empieza a primar el cuerpo y las emociones. Uno de los fenómenos que más asombra a los sociólogos, antropólogos y psicólogos, el fenómeno de la masa. Por lo que poco puedo yo aportar al respecto.
Cantan, se unen, y son más que la suma de las partes. Y dicen cosas, porque esas canciones tienen letras. ¿Qué están diciendo?
Están propagando y difundiendo estereotipos y prejuicios que tán mal le hacen a nuestros hermanos latinoamericanos. Están propagando y difundiendo estereotipos y prejuicios sobre usos y abusos de drogas legales e ilegales. Están propagando y difundiendo estereotipos y prejuicios sobre nosotros los argentinos, y refuerzan esas heridas sociales que tanto nos esforzamos en curar. Todo eso sucede cuando inocentemente los hinchas lo único que quieren es alentar a su equipo.
Inocentemente nosotros, en nuestra vida diaria, decimos más de lo que pensamos que decimos. Somos fragmentos ambulantes de eso mismo que nos mortifica. Eso que nos aplasta y sodomiza existe allí afuera, y se replica en nuestro interior. Es que la historia misma de la humanidad está escrita en lo más profundo de nuestro ser. Somos testimonios de cada acontecimiento ocurrido desde el comienzo de los tiempos.
Dejo de escribir por 15 minutos, pero nunca me despego de la hoja. Estaba pensando en una alternativa casi descabellada. ¿Y si cambiando las ideas que tengo sobre el mundo podría cambiar al mundo? ¿Y si todos los que dijeron que el cambio empieza por uno tenían razón? A fin de cuentas quedarse callado también es decir algo. No se, debo estar divagando.

4 comentarios:
en un momento me gustaba el fútbol, después murió no le dí más bola. Hace un par de semanas un amigo me invitó a la cancha, acepté. Me volví loco, se me salió la cadena. Me emocioné con los goles. Canté. Puteé. Me abracé con gente que no conocía. En definitiva, se me salió un toque la cadena. Algo raro porque suelo ser muy tranquilo. Muy bueno el blog, que siga así!
Muchisimas gracias!
Coincido y me parece muy bueno el mensaje que querés transmitir.
Gracias por pasar por La Terraza Progresiva, nos mantenemos en contacto!
Saludos
Pablo de L.T.P.
Gracias Pablo, un gusto este encuentro binario
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