Las puertas son umbrales imaginarios, además de indicar la entrada y/o salida de un lugar. Divisoras de ambientes, proveedoras de intimidad y seguridad, escriben pactos tácitos entre todos. En el momento en que un profesor atraviesa el umbral, sabe que tiene un lugar establecido, un rol, allí al frente de la clase. El alumno atraviesa el umbral y se sienta mirando el pizarrón, toma notas, hace preguntas. Nadie duda que tiene que ser así puesto que lo domesticado es nuestro cuerpo. Sabemos sin saber las posturas que debemos asumir. Aquel que rompa el dispositivo será sancionado por el resto, en principio, con la mirada. Allí es cuando todos somos potenciales policías, castigando a aquel que no hizo caso a la puerta imaginaria que acabamos de atravesar.
No somos la misma persona de un lado que del otro, a pesar que la cantidad de materias es la misma. Sin embargo podemos pesar más o menos, modificando la ley de gravedad, puesto que antes de entrar nos despojamos de cosas y nos cargamos de otras. Lo tácito es lo que podemos seguir cargando y lo que no. Aún busco esa puerta que al traspasarla me permita seguir siendo lo que soy. Se preguntarán cómo es posible pesar más, ahí es donde entran los prejuicios de los otros, y sobre todo cuando pretendemos ser más de lo que somos. No nos hagamos los desentendidos, prácticamente estamos siempre pretendiendo ser más de lo que somos. Un inadmisible (casi)universal son nuestros problemas, nadie quiere saber de ellos, en ningún lugar y a ninguna hora. De esa manera sostenemos la ilusión colectiva de que somos el animal más inteligente y razonable que puede llegar a existir en el universo. Somos perfectos y estamos en nuestro derecho de controlar la naturaleza, con sus animalitos, árboles, y por qué no, el clima. Una responsabilidad enorme nos adjudicamos, pero entendible ya que somos el animal razonable. Sino, ¿quién le daría un arma a un mono?
Un mono atravesando una puerta es un mono en un espacio que le resulta innatural, mientras que un hombre necesita de puertas para definirse. Necesita de edificios, necesita de jerarquías, necesita la diferencia que lo distinga del resto de sus pares. Una experiencia desconcertante es cruzarse con una persona que se llame igual a uno, ¿pero cómo, mi nombre no me hacía único? Ni siquiera eso nos distingue. Podemos seguir sosteniendo la ilusión de que detrás de cada puerta nos espera la diferencia necesaria para creernos más que Dios, ¿pero a costa de qué? Pensemos la relatividad del asunto, 1 es mayor a 0, como 0 es mayor a -1. Entonces ser más del otro lado de la puerta puede significar dos cosas igual de válidas, ser más, o que el resto sea menos.
Escribiendo esta última parte me distraje y no se a donde ha ido el mono. Espero que no encuentre el arma que alguien ha dejado cargada en algún lado.

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